Natalidad, precariedad y adultocentrismo

Anteayer el INE daba a conocer los datos de natalidad del primer semestre de 2018 y un titular alarmante recorría todas las redes sociales y los telediarios: “España registra el número más bajo de nacimientos desde 1941”. Aunque parece que a las demógrafas no les resulta sorprendente teniendo en cuenta la tendencia registrada en las últimas décadas, puede ser un punto interesante de partida para reflexionar sobre nuestras formas de pensar y estar en el mundo.

Por ejemplo, he leído a gente afirmar que no es un dato preocupante porque la tierra está superpoblada. De modo que cuantos menos nacimientos haya, mejor. Entiendo el argumento y tiene parte de verdad, de hecho yo también lo he pensado hasta hace poco. Incluso en ocasiones me he sentido incoherente a este respecto al sostener argumentos de decrecimiento de población, y al mismo tiempo desear ver nacer a mi propia hija. Sin embargo, ahora, hay varias que cosas que me chirrían del antinatalismo, o al menos, del lugar desde el que se esgrime. Principalmente, me escuece que casi siempre venga de personas que pertenecen a la parte del mundo que expolia y destroza el hábitat de sociedades que viven de forma mucho más armoniosa; que seamos los que vivimos cómodos gracias al extractivismo quienes sostengamos estas posiciones; que seamos las mujeres cis que no hemos sufrido esterilizaciones forzosas por motivos racistas, ni pertenezcamos a pueblos que no hayan sido intentado ser exterminados, sino que han sido los exterminadores.

Intentaré explicarlo mejor con una anécdota que para mí fue reveladora. En una ocasión una amiga mapuche de Temuco me preguntó si iba a tener más hijos, le contesté que no, que quizá adoptaría más adelante, que no veía la necesidad de traer más gente a este mundo superpoblado. Ella me respondió: “Sin embargo para mí, desde mi posición de mujer mapuche y pobre, tener hijos es un acto de rebeldía”. Entonces me di cuenta de hasta qué punto estaba hablando desde el privilegio: “¡No hay que reproducirse que el mundo está superpoblado! ¡Señoras no os reproduzcáis! pero, eh, yo pienso seguir con mis hábitos de consumo capitalista aunque para eso haya que acabar con las formas de vida de los pueblos originarios”. No sé, quizá podríamos plantearnos una forma de economía y consumo más razonables en nuestras propias vidas antes de decir a las mujeres que dejen de reproducirse.

Por otro lado, independientemente de lo errado o no del discurso antinatalista, no me parece que aporte nada cerrar la cuestión con un: “Pues mejor, que no tiene que haber más gente”. Hay muchísima enjundia política, teórica, filosófica , feminista y sociológica detrás de los datos de natalidad, sobre todo en relación con lo que tiene que ver con la salud de las mujeres, con la percepción social de la maternidad, con los cambios de los modelos de trabajo, con el lugar de la infancia en nuestra sociedad… Un país con una natalidad baja es un país con pocos niños y niñas. Y no entiendo de ninguna manera cómo puede ser bueno un país con pocas criaturas, como no puedo entender de ninguna manera cómo puede ser bueno un país con pocas mujeres, con pocos inmigrantes, con pocos homosexuales, o con pocos ancianos… La infancia aporta cosas al mundo, como todo grupo humano, aunque no nos dé la gana reconocerlo.

De hecho, tengo la sensación de que algo de adultocentrismo capitalista hay también detrás de este dato. Aunque no solo. Desde luego, si lo analizamos desde la realidad social de nuestro país la respuesta es clara: ¿Cómo vamos a tener hijos, en estas condiciones de precariedad?. En mi caso personal, mi decisión de ser madre solo pudo empezar a materializarse en algo más que en un deseo cuando emigramos y pudimos mejorar nuestras condiciones materiales. Tener hijos no solo es caro, como parecen avalar los datos publicados por Save the children, sino que además, se necesita una mínima estabilidad económica, emocional y social para poder criar en buenas condiciones. Esto es impensable en un país con una tasa de desempleo que ronda el 16% en el que se debate si 900 euros es demasiado como salario mínimo interprofesional, mientras que el precio medio de los alquileres en su capital es de casi 1800. De modo que muchas personas no pueden permitirse tener hijos.

Para más INRI las políticas sociales y de conciliación en España son abominables por inexistentes. Vamos a detenernos a mirarlo un poquito:

Los permisos de maternidad y lactancia son delirantes e incomprensibles. La OMS recomienda lactancia materna hasta los 6 meses en exclusiva y a demanda, donde exclusiva significa que sea su única fuente de alimento, es decir, que a partir de entonces se introduzca otro tipo de comida al bebé, PERO que ésta se mantenga hasta los dos años o más. Sin embargo, el permiso de maternidad es de 16 semanas, es decir, cuatro meses. Seguro que alguien llegado a este punto me diría: “¡Eh! ¿Y el permiso de lactancia?”. Pues veréis, me encantaría saber a quién se le ocurrió el plan del permiso de lactancia, porque estoy convencida de que sea quien sea no ha tenido cerca un bebé mamando en su vida.

El permiso de lactancia se vende como un permiso de 9 meses de duración para dar de mamar a la criatura. Pero en realidad se trata de una hora al día durante 9 meses en la que te puedes ausentar de tu puesto de trabajo para dar de mamar… si lo prefieres puedes fraccionar ese tiempo en dos ratos de media hora, y por supuesto siempre en el mismo momento del día. ¿Me podéis decir qué bebé del universo mama en una jornada de 7 horas solo una vez? ¿O dos repartidas en media hora? Y eso sin tener en cuenta los desplazamientos, que en cualquier ciudad hacen que esa solución sea simplemente inviable.

La lactancia materna es A D E M A N D A. Los horarios son un invento del estado, de la economía de mercado. Marcar calendarios así al hambre y necesidad afectiva de un bebé incapaz de entender nuestro mundo adulto capitalista marcado de números y productividad, es maltrato y no sirve de nada. Así de simple y claro. Prueba de ello es que las mujeres que acceden a este tipo de solución, terminan sacándose leche en el baño del trabajo, que es todo un martirio, cada poco tiempo; tanto para poder hacer un banco de leche para la criatura en su casa, como para no terminar con obstrucciones y mastitis de caballo.

La medida también permite la opción de juntar esa hora al día y lograr la friolera de 15 días más de permiso para poder amamantar cómodamente en el sillón de nuestras casas ─Ay, señoras, si es que la cosa es quejarnos─ para unir ese periodo al del permiso de maternidad. Eso suma un total 18 semanas, es decir, cuatro meses y medio. Lo que sigue bastante lejos de los 6 meses mínimos que según la OMS deberíamos estar amamantando a una criatura desde que nace.

Esto es anti natalidad, porque es anti mujeres, pero también y sobre todo es anti bebés. Atenta directa y frontalmente con los derechos más básicos de la infancia. Y por si fuera poco los cambios que podrían llegar no son mucho más halagüeños, ya que en vez de ampliar estos permisos a las mujeres, los señores de todas las bancadas del congreso se han puesto de acuerdo para darles muchas semanas de vacaciones también a los papases ─ De familias monomarentales ni hablemos ─ Pero dejaremos eso para otro post.

Así que, además de habernos hecho estudiar más años con la falsa promesa de que eso nos reportaría más salario para que después sea imposible ganar lo suficiente para poder mantener hijos, tampoco podemos dedicarles en su primera fase de la vida el tiempo mínimo indispensable para cumplir con sus derechos básicos. Pero incluso con todo esto en contra, alguna ─pocas─ llegamos a la treintena y tiramos para adelante con nuestro deseo de ser madres. Entonces llega la hora de reincorporarse al trabajo. De nuevo problemas: No hay suficientes guarderías públicas, en las que hay no suficientes plazas gratuitas, por lo que muchas veces no compensa seguir trabajando para pagar una. O dejas de trabajar, o tiras de familia. No todo el mundo puede o quiere hacer eso. Te queda pedir la reducción de jornada en tu empresa. Si es que trabajas en una la plantilla de una empresa, que además sea lo suficientemente grande como para que lo permita. Siempre que te la aprueben. Y desde luego, siempre que la reducción de salario que acompaña a la reducción de jornada te permita pagar el alquiler todos los meses, ya que, por supuesto, en nuestro mundo nadie se plantea que el estado pague una compensación del salario perdido o que las empresas no pierdan un céntimo con esta medida. No digo ya ese delirio feminazi de que las mujeres deberíamos cobrar por la crianza y los cuidados como se proponía en los 60 desde movimientos como la librería de mujeres de Milán, por ejemplo.

Así que, desde luego, es innegable: La relación entre los salarios, la precariedad y la falta de políticas sociales, de corresponsabilidad y conciliación no favorecen en absoluto a la natalidad. Pero ¿podemos achacarlo todo a esto? Webber decía que el comportamiento social no es igual a la suma de los comportamientos individuales, y creo que el tema de la natalidad es un ejemplo de que quizá Webber se confundía un poco, aunque no un mucho. Pocas cosas más personales e individuales que la decisión de tener o no descendencia, pero somos fruto de las estructuras económicas y epistemológicas de nuestro tiempo. Nuestros miedos son sociales. Nuestras formas de concebir el mundo, culturales.

De hecho, si miramos los datos de otros países de la Unión Europea donde la precariedad laboral, niveles de paro, salarios mínimos interprofesionales y políticas sociales y de conciliación son mejores que las nuestras, como es el caso de Alemania, veremos que la tasa de natalidad no es tan diferente, quizá un poco superior, pero no radicalmente. Y lo que es más revelador: la tendencia de la natalidad a lo largo del tiempo, también parece bajar. De hecho es así en muchísimos países de cultura occidental. Lo que me lleva a sospechar que es posible que existan también motivaciones ideológicas, creencias, etc. concretas relacionadas con una cultura concreta.

Llevo varios meses -cuando los cuidados de la maternidad me lo permiten- haciendo un poco de análisis semiótico e investigando los paralelismos entre el lenguaje y el comportamiento sexista y machista en nuestra sociedad y el adultocéntrico. Quienes me conocéis sabéis por dónde voy. ¡Ojo! No acuso a la gente de no tener hijos por adultocéntrica, que os veo venir. Soy una firme defensora del derecho a decidir, he militado como activista pro aborto y lo seguiré haciendo el resto de mi vida. Lo que intento decir es que quizá el tema de la natalidad también nos pueda dar pistas sobre el comportamiento social. Que puede que estemos olvidando de una parte importante de la ecuación: la del discurso.

Un ejemplo fácil de ver es cómo las bromas sobre violencia hacia las niñas y los niños está completamente anclado en nuestras formas de expresarnos y no nos chirrían en absoluto, de modo parecido a como a casi nadie le chirriaba en este país las bromas sobre la violencia hacia las mujeres hace unos 15 años. Sin embargo, la cosa no se queda en famoso debate de los límites del humor, el comportamiento hacia la infancia se articula desde el privilegio adulto. La infancia no solo no tiene voz, sino que debatimos sobre si se debe o no castigar a los niños, sobre las supuestas bondades de dejarles llorar de bebés en una cuna, se crean espacios libres de niños como si fueran humo de tabaco sin que nadie denuncie esto como discriminación, o nos resulta completamente normal escuchar: “No me gustan los niños” como quien dice “No me gusta la pizza con piña”. ¿Podéis imaginar la misma frase con cualquier otro grupo humano sin que os levante sarpullido? ¿Por qué esta tolerancia con la violencia hacia la infancia?

Podemos estar de acuerdo en que el capitalismo es un invento esencialmente masculino, o al menos, que no podría haberse dado sin las bases que el patriarcado sentó para su instauración con el trabajo no pagado de las mujeres en el hogar, tal y como explica la requetecitadísima Silvia Federici ─ las diosas nos la cuiden muchos años para que siga arrojando luz al mundo─ en el Calibán y la bruja. Desde entonces, todo lo que tradicionalmente se asociaba a lo femenino se convirtió en vulgar, mal visto, mal pagado… Pues bien, sospecho que actualmente estamos viviendo en Occidente un momento de transición dialéctica entre un modelo de exaltación romántica de la maternidad machista, que tenía como objeto someternos y encerrarnos en el ámbito de lo privado, con un nuevo modelo de machismo postcapitalista que, aunque bebe, convive y dialoga mucho con el anterior; prefiere convertir el ideal de mujer en una máquina de producción y consumo a corto plazo que asimile el ideal masculino.

Así, una mujer exitosa en nuestra sociedad sería aquella que puede permitirse vivir lo más parecido a como lo harían los hombres, escalar en la sociedad acumulando poder, sin cuidar, siendo eternamente joven, viviendo para trabajar y salir los fines de semana sin responsabilidades emocionales de ningún tipo. En definitiva el nuestro sería un mundo en el que vivir y divertirse no es compatible con criar.

Ahora, a diferencia de lo que pasaba hace 60 años, crecer a nivel personal no pasa necesariamente por formar una familia, sino que se relaciona con crecer individualmente en el ámbito laboral. La juventud es para trabajar y disfrutar la vida, y en nuestra sociedad, disfrutar la vida no es compatible con cuidar, por eso hasta parece que tienes suerte si trabajas en una empresa como Facebook, Apple o Googl que están tan preocupadas porque puedas ser productiva, que te pagarán la congelación de óvulos y así ya tengas hijos luego, cuando se te pase el arroz. Tanto los ancianos como los niños son un estorbo en este modelo. Al mismo tiempo los cuidados que puedan quedar sin cubrir, o se mal cubren, o quedan relegados a clases más bajas a menudos migrantes, malpagadas o explotadas. Es el win-win del capitalismo machista, racista y extractivista.

En realidad, esta es también una forma de vampirizar, asimilar y vomitar en forma de engendro algunas de las reivindicaciones clásicas feministas relacionadas con la autonomía y la emancipación. Esta caricatura grotesca se construye desde un binarismo que enfrentaría dos formas de vivir la vida como mujer: Las NOMO y las mamás. Mientras que las segundas seríamos alienadas ñoñas sometidas al modelo clásico patriarcal, las otras serían también una construcción monolítica de ascenso social, eterna juventud frívola a modo heroína de Marvel que folla mucho y sabe dar buenos puñetazos. La trampa es que al final todas perdemos ante la construcción masculina. Unas nunca se realizarán nunca como mujeres sin ser madres, las otras seguiremos sometidas a los hombres y ─¡aún peor! ─ a la tiranía de los hijos sin remedio.

Existe sin duda un miedo cultural compartido a perder la identidad al convertirte en madre. “Ser madre te cambia la vida”, te suelen decir una y otra vez. Como si emigrar no te la cambiara, como si cambiar de trabajo no lo hiciera, como si salir del instituto tampoco, como si tener una enfermedad, ganar la lotería, como si la propia vida no fuera cambio. “Tener hijos es una mierda”, “Es que tener críos te limita mucho”, “Tener hijos te jode la vida”. Desde estas construcciones monolíticas en algunos sectores se mira con paternalismo a las mujeres que deciden ser madres, con penita, con un “Ay, la pobre, se le acabó lo bueno”.

Quizá junto a todas esas madres arrepentidas, también existan madres felices, conscientes de que cada opción de vida, cada elección, supone renunciar a otras cosas y que eso no nos hace peores ni mejores. Podría ser que tener hijos sea una mierda, no porque objetivamente tenga que serlo ─tiendo a pensar que de ser así nos habríamos extinguido─ sino que, en gran parte, es así porque está depreciado desde los tiempos de la acumulación originaria, y también, porque cuidar no debiera ser algo solitario y agotador, tendría que estar en el centro de las vidas de todas las personas.

Sospecho que la relación entre los modelos actuales de producción capitalista, la destrucción del nunca alcanzado estado de bienestar, el desprecio de nuestra cultura a la infancia y personas dependientes, y el machismo, está detrás de esta tendencia occidental a la baja natalidad. No solo es la precariedad económica, que desde luego incide y mucho, sino también cómo están cambiando nuestras cabezas para mayor gloria del sistema. Podría ser que si viéramos a todas esas personas que necesitan cuidados, sean niña, anciano, o persona con diversidad funcional, como personas y no como cargas, también entenderíamos que estar junto a ellas, dejar de excluirlas o adaptar el mundo su existencia y no al revés es una tarea dignísima y bella que nos corresponde a todos y a todas, que debe de dignificarse económica y socialmente.

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