El camino de Villanueva a Meco

El espacio seguro para las mujeres es una quimera.
Esta mañana me escribía mi tía: “Han asesinado a una chica en el camino de Villanueva a Meco, cariño, no salgas sola por ahí con los perros.”

Llevamos un año viviendo a medio kilómetro de donde han matado a esta mujer.
Otra vez. Otra más.

Tengo miedo por mí. Tengo miedo por mi hija. Todos los días amanece una mujer menos porque un hombre la ha matado en algún lugar de este mundo de mierda. En realidad son muchísimas más de una, pero no quiero echar las cuentas.

Llevamos casi un año  aquí, decía, con ilusión por este nuevo proyecto de vida. Disfrutando del camino que hoy es una tumba grotesca que nadie se merece, paseando con mi hija de dos años, con mis perros, saludando a los vecinos que van en bici, sintiéndome afortunada por vivir en un entorno natural, por no vivir los atascos de la ciudad, empezando, en definitiva, a sentir este lugar como mi nuevo hogar. Pero la tristeza, la rabia y el miedo me devuelven con una hostia en la cara un conocimiento que es común al legado de todas las mujeres. Una memoria del horror que tenemos latente en un cuarto de atrás de la conciencia para poder seguir adelante con nuestras vidas: Ningún lugar es nuestro hogar, porque el espacio es de ellos. Nuestros asesinos y violadores son nuestros maridos, nuestros ex, nuestros hermanos, nuestros tíos, o cualquier desconocido.

El miedo pasará, me decía una amiga hace unos minutos. Y sí, pasará, porque algunas, las que quedamos vivas, tenemos que continuar, pero también seguirá ahí, en el cuarto de atrás, activándose cuando paseemos solas por una calle oscura, cuando un chico se ponga baboso, o cuando algún hombre nos mire demasiado rato en el bus, porque el miedo es la herramienta del poder: El miedo de las mujeres es la herramienta del patriarcado para recordarnos que el mundo es suyo, que nosotras solo podemos estar si es a su servicio.
Así que hoy no quiero que el miedo pase, quiero sentirlo, recordarlo, bajar a la calle y transformarlo en rabia. No quiero dejar de sentir miedo, lo que quiero es no permitirle que nos paralice. Quiero que lloremos a nuestras hermanas con rabia y con fuerza, que gritemos y nos desgañitemos el alma para decir que no van a ganarnos, que no pueden matarnos a todas y menos si estamos juntas.

Adiós, Miriam. No sé si podré volver a pasear por ese camino alguna vez, pero sé que te llevaré siempre en la memoria y en el alma, aunque no nos hayamos conocido.

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